Su suave piel blanca parecía un delicado manto de leche, una pradera de algodón unas sábanas de seda de las que emanaba placer y erotismo, a mil, a tope, yo tenía la polla encendida y quería penetrar toda la noche a Brenda, ese delicioso dulce cremoso de leche que separaba las piernas para que yo la desvirgue.
Entre gemidos y caricias nerviosas, entre pequeños gritos de dolor, de ardor pero también de gozo intenso, aferrada a mi espalda, dejando su extenuado pero satisfecho sudor sobre mi torso, sobre mis piernas. Sus tetas libres fueron un manjar para mi lengua.
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